Gustavo Adolfo Bécquer

Retrato de Gustavo Adolfo Bécquer

Gustavo Adolfo Bécquer (Sevilla, 1836 – Madrid, 1870), de nombre real Gustavo Adolfo Domínguez Bastida, fue poeta y narrador, y la figura más influyente y perdurable del Romanticismo español: ese romanticismo tardío, intimista y depurado que abrió de par en par las puertas de la poesía contemporánea.

Nació en una familia de pintores —su padre, José Domínguez Bécquer, era un conocido artista costumbrista, apellido italiano que Gustavo Adolfo y su hermano Valeriano adoptarían como firma—. Quedó huérfano de padre a los cinco años y de madre a los diez, y se crió bajo la protección de su madrina. Se formó primero en la pintura, pero pronto comprendió que su verdadera vocación era la palabra.

En 1854, con apenas dieciocho años, marchó a Madrid en busca de la gloria literaria. Solo encontró pobreza, trabajos periodísticos mal pagados, encargos alimenticios y una salud cada vez más quebradiza, minada por la tuberculosis. Llegó a ganarse la vida como censor de novelas y a emprender, sin éxito comercial, una ambiciosa Historia de los templos de España.

De aquellos años nacieron sus obras maestras. Las Rimas —apenas unas decenas de poemas breves, de aparente sencillez y desnudez extrema— quedaron recogidas en un manuscrito que él tituló Libro de los gorriones; se publicaron reunidas tras su muerte, gracias al empeño de sus amigos, y se convirtieron en la piedra angular de la lírica moderna: sin ellas no se entienden Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado ni la Generación del 27.

En prosa cultivó las Leyendas, relatos de atmósfera misteriosa y medieval poblados de monasterios, montes encantados, mujeres imposibles y apariciones, donde lo macabro y lo sublime se dan la mano. Escribió también las hermosas Cartas desde mi celda, durante un retiro en el monasterio de Veruela.

Su vida personal fue tan melancólica como su obra: un matrimonio desdichado, estrecheces constantes y una muerte temprana, en 1870, con solo treinta y cuatro años. La gloria, como a tantos románticos, le llegó después de muerto. Para Bécquer la poesía no estaba en la palabra, sino en el sentimiento: en aquello que se siente y no siempre se acierta a decir.

«Podrá no haber poetas; pero siempre habrá poesía.»


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